Bella Italia

Una copa de limoncello, que sorbo a sorbo calienta la garganta, nunca sabe igual de bien de lo que supo aquel día, sentada al aire libre en ese restaurante de una aldea italiana. Ni siquiera un trozo de focaccia, expertamente elaborado por panaderos que entienden el método preciso, sabe como aquel trozo en un cono de papel de aquella pizzería que no pintaba nada, en esa esquina tranquila en la bota de Europa. Cuando una no ha comido en Italia, la comida italiana le podría llegar a parecer hasta un tanto ordinaria; panes y pastas y vinos hay en todas partes. Y luego vas a Italia. Y luego entiendes por qué todo el mundo está obsesionado con recrear esta comida.

El pensar en Italia suele invocar una de dos imágenes: la de impresionante arquitectura que ha sobrevivido siglos de drama humano, y la de extensos campos cubiertos de viñedos, olivos, damascos, y tomates a punto de reventar bajo el sol mediterráneo. Descrito así, es fácil encontrar similitudes con otros países europeos. Sin embargo hay algo que hace de Italia un destino tan atractivo, que sin importar sus semejanzas a otros lugares, este país se mantiene en el top 5 de destinos turísticos mundiales.

Como muestra un botón: vamos a Roma. Así como quienes piensan que visitar París está ya muy trillado, habrá quien critique de Roma la basura en las calles, o la polución auditiva, o los ríos de turistas que invaden durante los meses de verano. Y sí, no es lo mismo admirar el techo de la Capilla Sixtina con tiempo y paciencia, que tener que hacerlo dentro del fluyente arroyo humano orquestado por los gritos de los empleados del museo del Vaticano. Aun así, ver el sol caer por detrás del Foro Romano, medirse al lado del Coliseo, y caminar por el cofre de tesoros que es Roma, es algo que todo explorador del mundo necesita en su colección de experiencias.

Fuera de los centros urbanos, Italia va cambiando de sabor, a ratos con tonos dulces de frutas que nacen en paraísos campestres y mueren repartidas por todas las esquinas de Europa, y a veces hasta más lejos. Otras tonalidades saladas que vienen llenas de sabor del Mediterráneo, y otras más, de altura, que se originan al pie de los Alpes. Lo que todas tienen en común, que simultáneamente une las subculturas italianas y separa a la nación de otros destinos europeos, es el envidiable estilo italiano.

Apretar cien casitas en una aldea a la orilla de un lago es de toda Europa; pero hacerlo con el estilo italiano es crear arte. Servir un almuerzo de mariscos y vino en el patio de un restaurante lo hace cualquiera, pero almorzar atendido por un anfitrión italiano, en un establecimiento italiano, con comida y vino italianos, ese es un almuerzo inolvidable. Desde la comida, pasando por la moda, el paisajismo, y hasta la arquitectura, Italia tiene un estilo que hace magia de una manera que ni la elegancia francesa, ni el orden alemán, ni la formalidad inglesa llegan a compararse.

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