Las fotografías del Valle de la Luna me hipnotizaron hace ya varios años. Estuve a punto de armar un viaje al norte de Chile como autora principal de la primera guía de viaje para la editorial en la que trabajaba, cuando se presentó una oportunidad laboral que había anhelado, y sin vacilar dejé ahí el proyecto del misterioso Valle de la Luna. Pero como la luna, la vida se da las vueltas. Quiso el destino que llegue a la orilla del desierto más árido del mundo desde Bolivia, por tierra, y cargando a mi hija que tenía a penas un año y medio. Hacer viajes turísticos con niños pequeños es una cosa de esta generación; antes a uno lo dejaban en casa de la abuela para que los padres puedan explorar el mundo, pues el mundo era demasiado peligroso para los chiquitos. Ahora, armados de un liviano cargador ergonómico y una funda de pañales, llevamos a cabo una mochileada fenomenal desde el Cusco hasta San Pedro de Atacama, pasando por lugares que describen en paisajes la belleza del mundo.

De los tres países que visitamos — Perú, Bolivia y Chile — la larga tierra de los mapuche es sin duda considerado el país más avanzado y moderno. Bien arraigados a su modernidad, los residentes de San Pedro de Atacama, quienes viven plenamente del turismo, se asombraban cada vez que les pedíamos que nos lleven en un tour con nuestra hija pequeña al Valle de la Luna. “No, es que tan pequeños no se los lleva a los niños allá; es demasiada altura para los chiquitines,” nos dijo gravemente una operadora turística, lanzando una mirada de prejuicio que me dejó claro que a ella le parecía barbárico que yo lleve a mi hija por poco a tocar el sol. Mi hija, traté de explicarle de manera amistosa, reside en la capital ecuatoriana, a 2.800 metros sobre el nivel del mar, unos 300 metros más arriba del punto más alto del Valle de la Luna. No hubo manera de convencerle, y es que con todo lo avanzados que son los chilenos, a veces parece que saben más de Europa que de América Latina.

Eventualmente encontramos un chofer que “se tomó el riesgo” de llevarnos. Cuando uno ve el Valle de la Luna desde una pantalla, es impresionante. Pero verlo parada desde una duna es una experiencia impactante. Los tesoros de América del Sur alcanzan para pasearse una vida entera.


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