Malaui: La tierra del lago

Si fuese por el paisaje, uno casi podría pensar que estábamos pasando una aldea en Sudamérica. El campo estaba cubierto de sembríos de maíz, la principal fuente de alimento para los Malawenses, – ¿Qué comían en África antes de que América fuese ‘descubierta’? – Los mercados tienen poco más que tomates, cebollas y sardinas.

Nos subimos en un bus en vía al poblado de Liwonde, en la región Sur del país. El Jim, como buen Inglés, insistió en que lleguemos a la estación de bus lo más temprano posible, pero siendo que los buses Malawenses no tienen horario, sino que salen cuando el bus esté a dos personas de una crisis humanitaria, tuvimos que esperar un poco.

El sistema de transporte de este país parece ser tan calmado como la gente que lo utiliza: hay pocas carreteras, pocos buses, cientos de busetas para los que no alcanzan en el bus, y bicicletas para los que no quieren pagar la buseta. Los demás caminan. Tal vez lo más novedoso que puede pasar en un bus Malawense es que un par de muzungus (extranjeros) se quieran subir, ya que aquí más que en ninguna otra parte del mundo que he visto, el ser blanco (o café) equivale a tener plata. Los muzungus normalmente van en vehículos grandes, de doble transmisión, con aire acondicionado.

Pero, ¿qué es una aventura con aire acondicionado? De no coger los buses nos hubiésemos perdido el maravilloso espectáculo de los vendedores ambulantes que atacan las ventanas de los buses para ofrecer maní en cáscara, huevos duros, agua en funda, y otras curiosidades que la gente compra para distraerse en el viaje. No hay que excederse, claro, que esperar una parada de baño es casi tan ridículo como pedir que prendan el aire acondicionado.

En uno de nuestros viajes íbamos en una buseta, los dos muzungus  sentaditos entre medio de gente que pretendía no poner atención a cada uno de nuestros movimientos. Habíamos pasado algunas paradas en las que se vendía maní, y ya cuando no pude resistir el antojo, aproveché la siguiente parada para pedir a una señora que vino a la ventana que me venda una bolsita. Me dijo que costaban K20 ($0.17), y yo, adivinando lo que me dijo, le di un billete de K50. En ese momento la buseta arrancó, dejándome con las manos vacías. Me di la vuelta con cara de pena, pero a fin de cuentas estamos hablando de menos de $0.50; no me iba a poner a llorar, tampoco.

Antes que pueda explicar lo que había pasado, el hombre que estaba sentado al lado nuestro empezó a gritar al conductor. De pronto era la misión de toda la buseta el conseguir los manís de la muzungu, y yo no sabía si llorar, reír, o comprar maní para el bus entero. Lograron que la vendedora alcance el bus, me de los manís, y hasta el vuelto!

Queda de más decir que los Malawenses me encantan. Son todos muy pacientes, también, ya que lo único que puedo decir en Chichewa es zikomo (gracias) y cuando ellos me hablan en inglés tengo que pedirles que me repitan varias veces antes de darme la vuelta y preguntarle al Jim qué me están diciendo.

No conozco mucho de este país todavía, pero tengo el presentimiento de que acabo de cruzar el umbral del país de las maravillas.

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