La punta de un Dorito de queso se cayó en la arena. Un modesto, pero organizado grupo de hormigas tomó veinte minutos en hacerlo desaparecer del panorama; una perfecta playa de palmeras dobladas y mar turquesa.
Estas son las cosas que uno nota después de algunos días de absoluta relajación en una diminuta isla caribeña. Little Corn Island es una miga de tierra nicaragüense que se sienta al lado de su madre, Great Corn Island, en la costa caribeña. A pesar de pertenecer a un país hispanohablante, las Corn Islands mantienen su nombre en inglés, y su comunicación dentro de las islas en un Spanglish que ni una visitante bilingüe llega a entender del todo.
Visitar Nicaragua es considerado, en algunos círculos, un tanto remoto como para hacer el esfuerzo. De quienes llegan, pocos pondrían en su itinerario visitar las Corn Islands, porque añade toda una nueva logística al viaje. De esos pocos, casi nadie va a subirse a la lancha que te lleva desde Great Corn hasta Little Corn, porque ya pues, quedémonos aquí aunque sea. Pues no. Y ni pienses que cuando desembarquemos en Little Corn te puedes relajar, porque el hotel que reservó el audaz de tu acompañante está al otro lado de la isla, así que abróchate la mochila y empieza a caminar.
Sudar pepas adquiere un nuevo significado en este lugar, que a mediados de julio está en pleno verano caribeño: humedad al mil por ciento, veinte especies de bichos aplastados en cada paso, y la frondosidad perfumada del bosque de mangos sobrecargados. Ah, y el pantano. Estaba yo tratando de trazar un plan de cómo diablos iba a hacer uso de los zapatos de taco que empaqué para este paseo, cuando de pronto me encontré con la orilla del mar. Es en el Caribe donde una ve la absoluta necesidad de vivir en la playa, dejar de cepillarse el pelo, y olvidarse para qué sirven los zapatos.
Es fácil quedarse en Little Corn más tiempo del planeado, sobre todo cuando una deja que la cocinera del hostal Cool Spot, Gladys, lo mime con pan de coco y el mejor café de toda la región.
La reputación de quién hace el mejor café en Centro América es difícil de mantener; la competencia es feroz. Eso dicho, el muy corto tiempo que pasamos en Costa Rica no fue en compañía de buen café, y pese a que pasamos la mayor parte del viaje en Guatemala, y hasta visitamos una granja de café ahí, el premio al mejor café se lo llevan los nicaragüenses. No hay barista en toda Europa que sirva la magia que sirve Gladys, que aun en ese calor infernal, una se toma el café disfrutando cada sorbo.
Y bueno, el pan de coco es otro tema que necesita mucha investigación. ¿Cómo es posible que no haya salido este secreto de Little Corn a divulgarse por todas las panaderías del mundo? Supongo que ahí está el encanto; hoy en día estamos acostumbrados a tener todos los antojos al alcance de la mano. ¿Un dulce de Turquía en Chile? Pero claro. ¿Una jugosa naranja de Sudáfrica en Inglaterra? Sin problema. ¿Un típico waffle de Holanda en una cafetería en Alemania? Eso no, que hay suficiente repostería alemana sin tener que pedir prestadas recetas.
Tal vez es algo bueno que uno tenga que ir hasta Little Corn para conseguir un pedazo de este pan maravilloso. Luego descubriríamos que los guatemaltecos que viven a orillas del Lago de Atitlán tienen su propia versión de pan de coco y de pan de chocolate y coco. Las recetas no se parecen de un país a otro, pero cada una comprende un tesoro inolvidable de este viaje.

Dejar Little Corn no fue tan difícil como pensamos. El calor, la humedad, y los mosquitos pueden afectar el humor, y sin duda la apariencia de las visitas. Un corto vuelo después, y estábamos en Managua, en un viernes cualquiera. El sábado, en cambio, no era un sábado cualquiera. Era el 19 de Julio del 2009, lo cual marcaba el 30avo aniversario de la revolución Sandinista, y siendo que este movimiento político todavía tiene el voto popular de la nación, miles de nicaragüenses de todas las esquinas del país viajaron a la capital para celebrar este significante aniversario.
Así, nos encontramos – sin habernos dado cuenta hasta que salimos a la calle y encontramos que estaba inundada de gente – en una fiesta inmensa que duró todo el día.
Desde el Malecón de la ciudad a orillas del Lago Managua, se extendió una masa de gente comiendo, bailando, comprando globos y banderas, y claro, tomando. Representantes de varios países vinieron a dar sus felicitaciones a los Sandinistas, entre ellos la ganadora del premio Nobel de la paz, la guatemalteca Rigoberta Menchú. Bajo el fuerte sol de la Plaza de Santa Fe, escuchamos por los alto parlantes el discurso más genérico nunca antes hablado por una mujer tan ejemplar.
No pudimos quedarnos hasta el final de la fiesta, ya que teníamos que coger un vuelo a Guatemala (el golpe de estado en Honduras había creado una maraña de problemas en las fronteras), pero cabe decir que salvo por la débil esperanza de que la ropa tendida se llegue a secar, todo es posible en Nicaragua.


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